
Mateo Martínez Abarca
Columnista invitado
Diario El Telégrafo 19 de junio del 2009
Fue el filósofo, poeta y místico catalán Ramón Llull quien, en el siglo XIII, inventó una máquina que, a través de artilugios geométricos y lógicos, era capaz de probar la validez o falsedad de postulados e ideas. Como la inventiva humana no tiene límites, hoy en día tenemos una máquina asombrosa que funciona las 24 horas del día y que es capaz de mayores prodigios.
Por la mañana la máquina asume la forma de un viejo conservador, moralista y gruñón que, cuando opina, convierte esa opinión en verdad objetiva. Casi siempre habla maravillas de los generosos y caritativos aportes del empresariado, de cómo los propietarios son la base de la sociedad, de la corrección católica en la familia y de la libertad para decir lo que queramos en este mercado que es el mundo. Gusta, además, entonar melodías acordes con sus irrefutables verdades como “trabajar y solo trabajar”, para luego hablar muy, pero muy mal, de aquellas personas indeseables que viven en las barriadas y suburbios, hambrientas porque no quieren comer, criminales porque no quieren trabajar; o de aquellos obreros, maestros, médicos, indígenas o campesinos a quienes se les ocurre regularmente -¡qué desfachatez!-, protestar contra este ordenamiento social y económico de justicia y prosperidad en el que vivimos.
Luego, y para no cansar al usuario/a, la máquina sufre otra transformación. Ahora es una señora que cuenta chismes sobre los demás. Chismes que nos muestran la vida, pasiones y milagros de aquellos famosos a quienes –dice- deberíamos imitar. En medio de este elevado monólogo, la señora exige que compremos detergente, celulares, pollo frito y Coca Cola, que bajemos de peso y subamos a ese auto nuevo para realizarnos en la vida. A media mañana la máquina se vuelve un niño ingenuo, violento y destructivo para luego, por la tarde, dedicarse a contar historias profundas y verídicas sobre la condición humana, encarnada en las figuras de príncipes azules, cenicientas y malvados villanos.
Como la vida no trata solo de dilemas existenciales, la máquina se vuelve futbolista y cuenta las apasionantes intrigas del único de los deportes. Y a esto la máquina le dedica gran cantidad de tiempo, pues conoce el poder hipnótico –y mercadotécnico- de una pelota correteada por 22 personas (más el árbitro).
Cae la noche y muta otra vez en viejo para que no olvidemos las lecciones de la mañana, para de nuevo discurrir, una vez más, entre el fútbol e historias más elaboradas, esta vez con actuaciones estelares y efectos especiales. Eso sí, cuando nadie está ante su presencia, la máquina suele transformarse en naturaleza o mínima expresión de la cultura, pero esto solo lo hace para burlarse de cuán aburridas son todas esas cosas. En fin.
Llull llamó a su precario invento Ars Generalis Ultima y nosotros llamamos al nuestro Televisión. El problema de fondo no es un canal sino todos, además de la naturaleza misma de una máquina a la que deberíamos dar un nombre más apropiado: Artificium Imbecillitatis de Última. Nombrarla adecuadamente y, sobre todo, apagarla.
viernes, junio 19, 2009
Apagar la máquina
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Torpezas

Mateo Martínez Abarca
Columnista invitado
Diario El Telégrafo 20 de Mayo
Parecería que el único matiz que separa a la derecha que se encuentra al interior del régimen de la que se encuentra fuera de él, es el grado de su torpeza. Comparten todo lo demás, lo cual cada vez es más notorio. Primer ejemplo: pocos días atrás, el Presidente invita al diálogo a los sectores de la dirigencia indígena en oposición al gobierno. La CONAIE hace consultas y responde positivamente, proponiendo términos para un diálogo constructivo. Las cosas iban por buen camino hasta que el ministro de Minas y Petróleos, Derlis Palacios, anuncia la autorización para el reinicio de las actividades suspendidas de la Compañía General de Combustibles (CGC, de Argentina) en el Bloque 23. Da la casualidad que en dicho bloque se encuentra uno de los más sólidos procesos de resistencia a la actividad de extracción de hidrocarburos en el país. Se trata de la comunidad kichwa de Sarayaku, a la cual pertenece el propio presidente de la CONAIE, Marlon Santi. Hasta la propia CGC tacha de irresponsable el anuncio y afirma que “Nos parece que el ministro no ha aprendido nada de lo que ha pasado en los últimos años”. ¿Desliz de Derlis o estrategia para un diálogo fructífero?
Segundo ejemplo: por decreto ejecutivo, el Presidente y la Secretaría de Pueblos, Movimientos Sociales y Participación Ciudadana disuelven el CONAMU y crean una comisión de transición hacia la institucionalización del Consejo Nacional de Igualdad de Género. Poco importó que las mujeres hayan estado participando junto al Senplades y el Ministerio de Justicia, en un proceso de diálogo constructivo para sentar con mayor solidez las bases de la nueva institución. De un plumazo, se acaban violentamente más de diez años de trabajo de una institución que los movimientos de mujeres consideran una conquista histórica de sus luchas. Punto aparte, vaya que se molestará el Presidente con quien haya redactado el decreto -al apuro, parece-, cuando revise bien lo que firmó: el texto incurre en serios errores jurídicos y constitucionales que hasta podrían dejarlo insubsistente. Ejemplos como estos abundan, y también abundan las interrogantes. ¿Tenemos un Gobierno en el que se sintetizan, en un solo proyecto político, las aspiraciones de transformación de la mayoría de la población y las luchas sociales de los últimos veinte años, junto a las más recalcitrantes y reaccionarias posiciones de la derecha y las élites?
Si es así, estamos hablando de una paradoja o sinsentido no muy jocoso, o de la conformación acelerada de un nuevo y eficaz proyecto de dominación política. En Alianza País ha existido una disputa política e ideológica desde siempre, que en la actualidad parecerían estar ganando los sectores más retrógrados. No se puede presuponer más la ingenuidad de la gente al invocarla desde una política a veces bastante torpe, que dice ser hecha por ciudadanos que dicen que no son políticos, pero que terminan siendo políticos en el sentido político del término. Políticos que, cada vez es más claro, sirven a intereses propios o de conocidos grupos de poder.
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martes, mayo 20, 2008
La Teología del Mercado
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lunes, mayo 05, 2008
El Derecho al Placer
En las últimas semanas se ha escuchado un rumor extraño en la Asamblea. Es un rumor acuático, como de olas de mar que se agitan contantemente. Son voces femeninas que ahora exigen que se garantice en la Constitución algo que a nosotros los hombres nos parece impensable: el derecho al placer. Desde siempre la mujer ha recibido el estatus de objeto, de incubadora, muñeca de plástico o electrodoméstico, por lo que la historia de las mujeres no es precisamente un cuento de hadas. Con el nacimiento de la propiedad privada y el acontecimiento primigenio de la guerra, comienza no solamente el hecho de la esclavitud dentro en la historia de la humanidad, sino de manera más específica, la esclavitud sexual. Aristóteles por ejemplo, sostiene que las mujeres se hallan por naturaleza un poco más arriba de los esclavos y los bueyes. El varón, cuya excelencia es la razón, es amo y propietario de todos estos "enseres" o "bienes muebles" que constituyen la familia. Con la llegada de las enseñanzas de Jesús, por un momento se abren esperanzas de una religión consecuente con quienes padecen: los humildes, los enfermos, los esclavos y claro, las mujeres. No pasaría mucho tiempo hasta que Pablo o padres de la iglesia como Tertuliano, volvieran a colocarlas en el lugar de la exclusión frente a los hombres. La mujer en la interpretación del cristianismo temprano lleva la culpa de haber ocasionado la expulsión del paraíso, por lo cual está condenada por mandato divino al dolor; y el matrimonio es el espacio donde debe cancelar su deuda. Poco más adelante, en la Edad Media, se realiza el primer avance tecnológico en materia de gestión del placer: el cinturón de castidad. La historia continuó después con la idealización de la cultura renacentista, y con la explotación triple en la modernidad industrial (como trabajadora fabril, trabajadora en el hogar ayudando a la reproducción de la fuerza de trabajo del hombre y además reproductora de nuevos trabajadores). Los anteriores son ejemplos de cómo la mujer ha sido modelada de acuerdo a las necesidades masculinas de las épocas, negándosele siempre de la capacidad de sentir por sí misma, de tener autonomìa en su vida y cuerpo, sin la autorización de los hombres. La filósofa Judith Butler define la relación de esclavitud entre los hombres y las mujeres a través del siguiente imperativo: "tú eres mi cuerpo por mí, pero no me hagas saber que el cuerpo que tú eres es mi cuerpo" El placer es quizá el problema por excelencia de la política, la última frontera, la cereza del pastel. Tiene que ver con la libertad, la igualdad, el cuerpo, la felicidad y el poder. Con este cambio en la constitución, se intentará poner fin a las violaciones conyugales, porque ya no se podrá obligar a las mujeres a la relación sexual bajo la excusa del matrimonio. Yo como hombre, estoy muerto de miedo. Tendremos que respetar su libertad, reconocerlas como iguales y para colmo hasta hacerlas felices cuando ellas quieran. Seguro todo esto es el inicio de una revolución. Y ahora, ¿qué vamos a hacer?
Mateo Martínez Abarca (c) Diario El Telegrafo, 2008
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martes, abril 22, 2008
No cabe considerar a Dios como problema político.
'No cabe considerar a Dios como problema político'
Para Mateo Martínez, la Constitución se encarga de fundamentar los derechos de las personas dentro del Estado. No debe encargarse de las cuestiones espirituales. Entrevista para el Comercio.
Mateo Martínez. Licenciado en Filosofía por la PUCE y Egresado de la Maestría en Ciencias Políticas de FLACSO
Algunas Constituciones políticas invocan a Dios al principio de sus textos. ¿En virtud de la religiosidad mayoritaria del Ecuador, es necesario imitar esos ejemplos?
La modernidad ha consagrado la separación clásica entre la religión y la política. La figura que se ha usado clásicamente es lo que se conoce como Invocatio Dei. Si se hace al principio de una Constitución, significa que todo lo que viene se desprende de ese principio.
¿A pesar de que luego, en la parte de los principios, se reconozca la libertad de cultos?
La Constitución, en tanto es un texto que norma la vida política, regula también la vida de la sociedad dentro del Estado. Y si se pone a Dios como fundamento, todo lo demás sigue ese fundamento.
Si se coloca el nombre de Dios en la Constitución, ¿significa respeto a la mayoría?
Hay un problema que atañe a la democracia como concepto. En la democracia, la mayoría asume la representación de la totalidad. Se puede argumentar que como la mayoría de la población es creyente, entonces la Constitución debería asumir la representación de esa mayoría como principio.
De todos modos, la voluntad que se impone en una democracia es la de la mayoría...
Quien gobierna es la mayoría, es verdad. Pero el texto de una Constitución no está hecho para el Gobierno exclusivamente, sino para fundamentar los derechos de absolutamente todos, es decir, que atañe a todo el Estado. Ahí no puede funcionar la idea de la representatividad de la mayoría. En este sentido, el texto no debe tocar para nada estas cosas. No hay razón para mezclar esas dos esferas.
¿No hay ejemplos de una posible salida mixta?
Sería la posibilidad de poner en la Constitución una invocación de la mayoría a Dios, pero también se reconoce que existen personas no creyentes dentro del conglomerado social. Así es por ejemplo la Constitución de Polonia.
¿Sería de algún modo aplicable esa fórmula a la sociedad ecuatoriana?
Creo que es mejor no considerar a Dios como un problema de la política. Por lo demás, esa es una de las características de la modernidad en cuanto a la administración de la sociedad.
Una cuestión fundamental de la sociedad es su espiritualidad. ¿No debería asumir el texto constitucional también la administración de eso?
Tal vez la religión, tal vez la Iglesia puedan ser problemas de la política. No así el concepto de Dios. Al escribir el nombre de Dios en la Constitución se le está dando a esta un carácter deista e incluso teocrático. El Estado tiene, o debe tener, otras funciones en la vida de las personas. Básicamente debe garantizar la posibilidad de creer o no creer libremente en lo que quiera. Es una especie de problema de la libertad. Libertad frente a cualquier tipo de religión.
¿Pero también, al no colocar esa invocación, no se estaría violando el derecho de los que sí son creyentes?
No es así, porque dentro de los principios la Constitución reconoce la libertad de cultos y creencias. El fundamento de la política y de la democracia es, en el fondo, el problema de la igualdad.
¿Cuál debería ser el papel del Estado en esta cuestión?
Solo tiene la atribución de garantizar derechos. No decidir ni fundamentar las causas de esos derechos. Eso queda para la adopción individual. Dios o la espiritualidad no es un problema del Estado, ni siquiera de una sociedad. Hay que poner la espiritualidad entre paréntesis, porque no estamos discutiendo un texto espiritual sino un texto que fundamenta los derechos de las personas y a la sociedad.
En la administración de la sociedad se ha empleado, muchas veces, la manifestación de la espiritualidad para influir en el pueblo...
Exactamente. Las figuras que eventualmente han detentado el Gobierno han usado la espiritualidad para obtener réditos políticos. No hay que olvidar que estamos en un año electoral y que la gente que ahora está redactando la Constitución tiene sus propios cálculos políticos.
¿Un vínculo indisociable?
Todas las Constituciones de este país se han escrito en épocas específicas para atender a necesidades políticas específicas. Esta debería ponerse por encima de eso.
¿Cómo podría asumir un creyente sus derechos dentro de la sociedad actual?
Para los creyentes debería ser más preocupante el uso político que se le puede dar a la idea de Dios, que la cuestión de si se coloca o no una Invocatio Dei en el texto. Y no solamente con el tema de Dios sino con otros que causan igual atención por su polémica como la eutanasia o el aborto. Según el dogma, Dios está en todas partes y, por lo tanto, también estará en una Constitución bien redactada, sin necesidad de que se haga una invocación específica.
La tradición de varios países hace que persista la palabra Dios. ¿Eso es nocivo?
Había un debate muy interesante cuando se hacía la Constitución europea acerca de la Invocatio Dei. Algunos representantes argumentaban en favor de que se hiciera en virtud de la larga tradición cristiana que ha tenido ese continente durante la historia. Pero no prosperó la moción porque en Europa no existe solamente esa tradición, o ni siquiera otras religiosas también, sino muchas otras que la niegan.
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domingo, marzo 30, 2008
EL ABORTO, LOS FETOS DE PLASTICO Y LA LUCHA DE LAS MUJERES
Mateo Martínez Abarca (C) 2008
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jueves, marzo 13, 2008
Conversación con Hebe Uhart: la trivial e intrincada cotidianidad.
Como toda historia o crónica, las cosas deben empezar por alguna parte. El principio siempre es un momento delicado, decía la princesa Irulan en aquella gran novela de ficción que es Dune. Para contarles como fue conocer a la escritora argentina Hebe Uhart, debo iniciar este texto conmigo mismo puesto que no se pueden suspender los hechos en el tiempo, hacerlos pender como ahorcados bajo arboles de encino o dejar escapar los más ínfimos detalles que constituyen nuestras experiencias personales. Aquellas cosas que se nos dan, que nos acontecen, tienen una especie de continuidad compleja, llena de asociaciones y disociaciones consanguíneas con el pasado, con el futuro. En mi caso, dejo que lo que escribo se constituya, a través de una especie de fenomenología; como una aparición. La esencia y la apariencia, ya no pueden distinguirse.
La noche anterior a la noche de Hebe, abrazado por el frío que nos azota como castigo de los dioses por nuestras inconsecuencias, decidí irme a tomar una cerveza con una chica de 22 años estudiante de cine. No la conocía. Nos habíamos escrito un par de días y habíamos descubierto que este invierno se devanaba hacía dentro, sumiendo lentamente la ciudad que somos nosotros mismos en una especie de congelamiento azul y cristalino.
Y nos vimos y lo primero que descubrí es que no se puede evitar tener 22 años, como tampoco se pueden evitar esos 28 transcurridos, de los noventa por jugar. Hablamos de cine, hablamos de filosofía, hablamos de cualquier cosa mientras las cervezas iban, venían, mientras el mundo era barrido por alguna clase de ventisca que terminó pronto por llevárselo para otro lado, dejándolo como botado en algún terreno baldío a la distancia.
No nos percatamos de que estaba por cerrar el lugar y terminamos siendo amablemente echados. Nos perdimos en medio de ese martes en Quito por la noche, y no encontramos ningún sitio decente y cálido para continuar la conversa. En ese momento poco importaba ya el trabajo del día siguiente o sus estudios, poco importaba ser responsable. Era el acto esplendoroso y puro, en el que las personas dejan de girar en el universo y comienzan a mirarse a los ojos profundamente.
La cerveza Sarmat, bella como los campos de cebada de Ucrania, sabrosa como los logros del comunismo y además con vibrantes 8 grados de alcohol; terminaron por convencernos que habíamos de llegar a aposentos mucho más confortables que los interiores de un automóvil, para que así las cosas discurran como al parecer iban a discurrir. Las palabras fluían como una lluvia infinita sobre un vaso de papel. Eso decían los Beatles mientras el auto levantaba enormes olas por entre las cochas. Yo solo podía decir, jai guru deva, om, como agradeciendo, como cantando, como callándome después porque habíamos llegado.
¡Sarmat! ¡Sarmat! ¿Qué nos has hecho? Pusimos un disco de Nirvana, puesto que el ritmo de las cosas iba acelerándose, con las luces apagadas es menos peligroso, y bajo las cobijas descubrí que los 22 años tienen mucho que ver con la tesitura de la piel, con una especie rara de libertad inocente y dulce, con otro tipo de aroma en el aliento y bueno, también con todas las otras cosas. Mis manos fueron enredándose entre las marañas de su cabello claro y veraniego, teñido apenas por varas pinceladas de rosa. Abrazados, fuimos capturados por el sueño. Me desperté al día siguiente y con curiosidad examiné que el hada de la angustia no se había atrevido a descender sobre mí aquella noche.
Eran las 6 y ella estaba ahí. Descubrí que en alguna forma secreta nos parecíamos muchísimo y busqué su abrazo. Tomamos jugo de naranja, intentamos reconocernos en las caricias y luego en los silencios, queriendo aprehendernos mutuamente sin la necesidad de las palabras.
El resto del día fue como son aquellos días en los que uno no quiere saber otra cosa que lo que está sintiendo. Tuve el sentimiento claro de que la belleza, cuando se materializa en la vida, es profundamente trivial. Cuando se marchó, me dediqué a mi novela y a las galletas con camembert. No pude hacer otra cosa que extrañarla durante todo el día, y para que el cielo nublado no haga mella en mí ser como suelen hacer los percebes con los cascos de los barcos, invité a ver el fútbol a mi amigo y hermano Sebastián.
La Liga y el Arsenal de Sarandí jugaron como se juega en las ligas barriales. El partido no fue interesante, mucho peloteo sin sentido, y ese tipo Bolaños que pateaba el balón como si fuese una pluma. Abrimos otra Sarmat y le había dicho al Sebas que vayamos a un conversatorio en FLACSO con Hebe, la escritora argentina de la cual trata realmente esta crónica.
Los ocho grados nos pusieron en un estado extraño de alegría y así llegamos a ese edificio que parece una gran farmacia que es la FLACSO. Nos sentamos a tomar café, hablamos de la vida, y en eso llegó el poeta Edwin Madrid acompañado de la escritora. La primera impresión que tuve de Hebe fue su mirada. Los escritores y escritoras, cuando alcanzan cierta edad, suelen hundir sus ojos como en una especie de vacío, y eso me ha dado siempre la impresión de que cuando observan las cosas, lo hacen desde una clase de no mundo. Esos ojos llevaban la irrevocable marca de la vida, del dolor, de las palabras de los libros, de la opacidad de la tardes.
Hebe traía consigo una pequeña libretita en la que anotaba sus impresiones de viaje y supimos que uno de sus pequeños vicios era justamente irse por el mundo descubriendo cosas. Nos leyó los pocos apuntes que había recabado de su paso por el centro de Quito, y conversamos sobre el asombro que le provocaba el uso de los diminutivos en nuestra cotidianidad. Las cosas más minúsculas, las más triviales, son las que nos constituyen como sujetos, humanos que arrojan sus raíces en la diferencia. Comprendí que su mirada era como una lupa que buscaba pistas, por ende demostraba alguna clase de cansancio, pero también de curiosidad. Hebe es, entonces, una niña muy vieja.
En el conversatorio, Hebe nos hablo sobre la cocina del escritor. "¿Por qué los escritores escriben? Nadie le pregunta a un fotógrafo por qué saca fotos –dijo. Uno escribe porque sí, no hay métodos, no hay razones rimbombantes. Alguien dijo alguna vez que los escritores escriben preferentemente de 9 a 11. Yo a esa hora estoy recién tomándome el café" Hebe nació en el interior argentino, en Moreno, en otro siglo, en el año de 1936. Luego marchó a la ciudad de Buenos Aires y estudió filosofía. Esto, de una manera u otra, me hizo sentirme cercano a ella.
Hablaba muy bajito, como para sí misma. "El escritor no tiene que demostrar nada a nadie, sino solamente mostrar. No tiene que demostrar ni su destreza con el lenguaje, ni que es un escritor, ni que escribe bien. Escribir es comunicar. Hay escritores que se preocupan demasiado por las formas, sobre todo en el lenguaje. Para mí eso no es importante, lo importante es tener algo que contar" Estas palabras me emocionaron, sobre todo por la humildad con las que las decía. Hay alguna gente arrogante que supone que hay que escribir como si se hubiese nacido en Soria, como si supurásemos siglo de oro por la boca, o como si la lengua fuese un fantasma que nos persigue. En realidad las cosas son mucho más sencillas, mucho más humanas. Hebe por ende busca lo que dice la gente, lo transforma en crónica, descubre la que lo trivial y lo cotidiano, están atravesados por lo intrincado y lo profundo.
Leí uno de sus cuentos, el cual se titula "Budín Esponjoso". Es un relato de una Hebe que se acerca, con la memoria tomada de la mano, a su niñez, a los juegos de ollitas, a la mirada de su madre y a una receta de cocina que sale mal. La vida debe ser para ella una cosa sublime, y detrás de esta concepción del mundo se encuentra una especie de tranquilidad para con los objetos, las personas y los hechos. Es una forma de respeto de la literatura para con la vida, me dí cuenta. Edwin Madrid le preguntó que pensaba de escritores como Sábato. "Sábato es un impostor. Dice cosas como que escribe porque sufre, tiene una corte de mujeres que le persigue, anda tirando papelitos diciendo Ernesto ya no me escribe. Eso es pura impostura. Creo sin embargo que hubiera sido un buen historiador"
Todos nos reímos. Detrás de aquella diatriba contra Sábato había una declaración de independencia y una ruptura con las vacas sagradas de la literatura argentina. Hebe era escritora porque le daba la gana, porque le gustaba, porque era un vicio como el cigarrillo. Si para Sábato la escritura y el sufrimiento eran indisociables, entonces mejor que se dedique a otra cosa. Hebe nunca sintió a Borges o a Cortázar como íntimos, sino más bien al narrador uruguayo Felisberto Hernández, al cual considera su maestro. "Borges es un escritor brillante, pero es solo Borges. Hay gente que quiere escribir como él, pero una los lee y se da cuenta de que es Borges quién está detrás. Leí de Cortázar Historia de Cronópios y de Famas, pero francamente ahora no lo leería. No sé si después"
Escribir, dice Hebe, es como "hacer artesanía". Me gustó muchísimo esta metáfora, que para ella nace cuando era una niña. "Cuando era niña trataba de hacer artesanías y ninguna me quedaba bien, por eso comencé a escribir" Pensé en la tekné de los griegos que en realidad se acerca más al arte que a lo que nosotros comprendemos como técnica. Hebe era una artesana para sí misma, sumamente paciente en lo que hacía. Nos contó que en sus talleres la gente siempre perdía la paciencia con los personajes, con el tono, con los adjetivos. Para escribir se necesita paciencia, sobre todo. "Muchas veces he sido ninguneada. Todos los escritores en algún punto de su vida son ninguneados, pero esto es clave porque el que te ninguneen te hace escribir mejor"
Pensé en las marmotas que escriben para ganar premios, para jugar al telefúnken autocomplaciente, para enamorar o vender. Escribir es mucho más que eso, y de una manera u otra siempre lo he sabido. Es una especie de silencio equivalente a un universo, a un oruga que arma su propio capullo con los ojos cerrados, sin que importe el imperio del invierno o el reconocimiento del resto del conglomerado vacuno. Con esto, Hebe había logrado romper en algo el elitismo que envuelve a la literatura y que se esconde justamente detrás de esas preguntas como "y ud. ¿por qué escribe?" como si fuese Sartre quien hiciese la pregunta y Sartre quien la fuese a responderla.
Recordé entonces la novela que me atormenta ahora y que empecé hace tantos años. Poco a poco, mientras he ido madurando como persona, he ido dejando a un lado esas tonterías de los concursos o los premios como motivación principal para escribir. Es una especie de trampa: uno no puede evitar esa insoportable necesidad de escribir para alguien más, de ser reconocido. Sin embargo, cosa muy diferente es permitir que ese sea el único motor y la única teleología posible. Hay gente que va llenándose el bolsillo de títulos, de menciones de honor, que participa en toda lectura que hay en la ciudad y que no descuida ningún concurso. Esa es una vida de mierda, me parece. Con Hebe entendí la banalidad de aquellos escritorzuelos y se me abrió la mente hacía una transparencia y compromiso literarios, en que lo único que importa es escribir y absolutamente nada más.
Le pregunté sobre el límite entre la filosofía y la literatura, y le comenté que tanto el Sebastián como yo habíamos estudiado filosofía. Le dije que me era muy difícil disociar ambas cosas. Hebe me dio una respuesta compleja, pero que a la final es muy sencilla: si uno quiere escribir filosofía, va y hace un ensayo. Si quieres escribir otra cosa, como un cuento, haces un cuento. Más tarde me diría, ya con una botella de vino de por medio, que se requería de alguna clase de esquizofrenia para lograr esto. Cosa similar acontece con la ideología. Un escritor que tiene clara su ideología, la expresa a través de los personajes, de las cosas que narra. Como decía anteriormente Hebe, no hay que demostrar nada.
Al preguntarle Edwin a Hebe sobre como terminar un cuento, ella respondió que "Los finales de los cuentos son como los finales en la vida. Llega un momento en que uno debe decir adiós y seguir adelante a otras cosas. Hay formas de despedirse de un cuento, como uno se despide de las personas" Creo que tiene razón. Uno puede despedirse bien o despedirse mal, depende exclusivamente de quien es. Me pareció un poco lacónica su respuesta, puesto que de otra manera entraña la aceptación de que tarde o temprano las cosas tienen que terminarse. Un cuento o una novela no pueden seguir para siempre, de igual manera que la vida. Solo se trata de aprender a decir adiós. Sus palabras me causaron una tristeza profunda, porque en definitiva lo que uno escribe al igual que lo que se vive, no pueden separarse del tiempo ni de la muerte.
Sebastián le preguntó sobre si existe una diferencia entre un escritor y una escritora. "¿Aún se puede pensar tal cosa?" –respondió como queriendo decir que en la escritura no importan tampoco esas diferencias. De alguna manera terminamos hablando sobre los insultos y la voluntad de independencia de las mujeres. Las mujeres siempre recuerdan más las afrentas, por ende cuando insultan, sobre todo a los hombres, suelen ser mucho más crueles. Para Hebe esto acontece porque las mujeres sienten que su insulto no es suficiente, hay una especie de complejo de inferioridad del insulto, porque el insultado es visto de alguna manera como superior. Para Hebe escribir es también un acto de libertad, de ejercicio concreto de la libertad más bien dicho, o aún más, como un ejercicio concreto de su libertad como mujer. Nunca se casó, pero tuvo muchos novios, pintores, filósofos, hombres en los cuales pudo también leer. Ahora viaja y está casada consigo misma y no necesita más.
Afuera, la lluvia caía trivial y mundana como cualquier lluvia, y el frío era no era ni más ni menos frío que el frío como tal. Fuimos por ahí, con el Sebas, a recoger a un amigo cubano que salía por primera vez de Cuba y que estaba asombrado de las calles, de las luces, de lo enorme que es Quito. Sebastián me dijo que le daba la impresión de que Hebe era de derechas, sin embargo se me ocurrió que era alguna clase de exageración. No había detectado nada en sus palabras que me sonara a un discurso político, a pesar de que entiendo bien que todo lo que se dice es dicho en varias dimensiones. Luego me di cuenta de que si bien no era a todas luces de derechas, pues si era un poco porteña y muchas cosas que nosotros los de izquierda asumimos como relatos que abrazamos con cariño –como la revolución cubana-, pueden ser objeto de una crítica.
Fuimos luego a encontrarnos con Hebe, con Edwin y su esposa, a quién no conocía y que es poetisa: Aleyda Quevedo Rojas. Nunca he leído nada de ella, pero había escuchado que era una voz sumamente importante en la poesía ecuatoriana de los últimos años. Conversamos con Hebe de todo, de política, de filosofía, de literatura, de los viajes que ha hecho. Me preguntó por mi vida, sobre lo que hacía. Le conté que era burócrata, que había sido asesor político en el gobierno actual, que me sentía atrapado por mi novela. Hebe hablaba bajito y casi no se le podía escuchar. Sus labios iban tiñéndose del color purpura del vino y de cuando en cuando sonreía haciendo énfasis en alguna anécdota jocosa.
Compartimos la noche con una escritora de verdad, auténtica, que estaba ya demasiado grande como para aparentar, que decía exactamente lo que quería decir. Una persona honesta en definitiva. A esa hora de la noche, tan fría, comencé a extrañar a mi estudiante de cine. Habíamos visto durante la mañana algunos de sus trabajos, los cuales no están nada mal. Pienso que en un futuro no muy lejano, podría ser convertirse en una excelente cineasta. Le había dicho la noche anterior que para ello, debía encontrarse a sí misma en el cine y no olvidar aquello jamás. Ella me contestó que pensaba que más bien había que des construir la subjetividad en las películas, abriendo el campo de lo múltiple supongo. O quizás no fue eso lo que dijo y me engaña mi memoria, no lo sé. Me gustó su respuesta, pero para mí hacer cine debe ser como convertirse en autor: hay cosas en los directores que no cambian nunca, como en Buñuel, Bergman o Kubrick. Hay señas, símbolos, planos, que son esencialmente personales, como una huella digital.
Me despedí de Hebe y de los demás pensando en la cotidianidad, en las cosas que pasan en la vida y que no podemos negar. La literatura para mi es lo que yo vivo y lo que vivo es lo que escribo y describo. Era casi la media noche y pensé también en mi abuelo, también escritor, el cual decía en una suerte de juicio moral, que había que mantener a la literatura y la vida separadas, por respeto a ambas. Creo, a estas alturas, que puedo estar en desacuerdo con mi abuelo a pesar de que quizá nunca llegue a ser tan sabio como él.
Al llegar a casa mi novela me estaba esperando como si fuese la persona que amo. Al escribirla, siento que me pierdo y me encuentro indistintamente, como dios al crear el universo. Esta idea quizás trillada sobre escribir una novela, no me avergüenza. No me avergüenza nada en realidad, ya no me interesa demostrar lo que pienso. Esa es quizás la diferencia entre la filosofía y la literatura. Reflexioné un momento sobre lo que implica escribir esta novela, en la soledad que me pide y también en la chica cineasta. Pensé a final de cuentas, en las cosas cotidianas de la vida. Despacio, como quien entra a hurtadillas en una casa vacía, fui quedándome dormido pero con un ojo abierto, esperando poder ver al hada de la angustia descender sobre mi lecho, para espantarla a punta de escobazos o de palabras. Palabras que iban irremediablemente fundiéndose, a causa del frío, en pálidos sueños.
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domingo, marzo 09, 2008
Las vanguardias poéticas en Quito
Grupo de comadres bebedoras de ponche barato que se reúnen como marmotas a jugar Telefúnken frente a las audiencias en clubes de sociedad, para ver si algún ingenuo por error u omisión, termina haciéndoles fellatio u otorgándoles una mención de honor.
este oficio es para perros sarnosos, caballeros
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